Eric Civanyan y Gérard Jugnot hablan sobre Nunca Digas Nunca
Diciembre 10th, 2006ValentÃn es un joven a quien no interesan la vida ni el amor, sólo el juego y las mujeres. Su tÃo, un adinerado burgués, pretende casarle con una baronesa en decadencia. pero ValentÃn no quiere saber nada del asunto…
Burgueses con dinero que quieren ser nobles, y nobles arruinados que quieren tener dinero. Ese es el escenario de época que nos presenta esta comedia romántica rodada en Francia.
Veamos que nos cuentan sobre la pelÃcula su director y uno de sus protagonistas.
Eric Civanyan no es muy conocido en nuestro paÃs. Ésta es su tercera pelÃcula como director, tras Les Liaisons dangereuses y Antigone.
-¿Como podrÃa describir la pelÃcula?
-El pitch es bastante simple: es un golfo, un guapo libertino a quien le gusta fumar y beber, que ama a las mujeres y que no cree en la vida en absoluto. Para él la existencia tiene poco interés: no ha encontrado su lugar. Por esto, tiene un temperamento un poco suicida. Hay algo en lo que no pensaba de ninguna forma, en enamorarse. El amor está fuera de su esfera. Pero va a encontrar a alguien que le va a hacer cambiar de opinión… ¡Nunca digas nunca! (risas).
-¿Qué cree que tiene este tema para poder profundizar en él?
¿Hay que contemplar el amor sobre una vida entera, o sobre una duración más corta? ¿Acaso el amor es la respuesta a la vida?
-Son temas que me afectan bastante. Las personas que me conocen un poco dicen que Valentin, el personaje que cuestiona el amor, soy yo: ¿la vida es acaso la frivolidad, el placer inmediato, o hay que construir las cosas a un plazo más largo? Éstas son las cuestiones que yo considero interesantes… aquéllas que no he respondido, ¡pero que quedan expuestas en la pelÃcula!
-Alrededor de esta historia, usted constituyó rápidamente un reparto: Gérard Jugnot, Jean Dujardin, Melanie Doutey. ¿Cómo se le ocurrió la idea de apostar por este trÃo?
-La idea de Gérard Jugnot vino rápidamente. TenÃa ganas de darle un personaje que tuviera una dimensión a la vez cómica, porque reencuentra en él un verdadero ritmo de comedia, pero también un personaje humano, que tiene dudas, angustias y ambiciones también, porque tiene tantas ganas de ganar dinero, cueste lo que cueste, que va a llevarse a todo el mundo por delante, en esta agria carrera en busca de las ganancias. Me pareció interesante darle este rol ambiguo. Además, Gérard es una persona que lleva muy bien el traje. ¡Es una época que le va muy bien! (risas).
Para el personaje de Valentin, hacÃa falta alguien en quien encontrara el equilibrio de ser lo bastante joven como para ser seductor, pero que fuera lo suficientemente maduro para ser creÃble diciendo “tengo 30 años, dejo de hacer gilipolladasâ€. Jean tiene esta doble cara. Tiene lo que necesitaba para el personaje, es decir, la posibilidad de ofrecer una sonrisa, de soltar puyas y al momento siguiente volver a ser grave. Realmente, aproveché mucho esta dualidad que posee Jean y la trabajé con él. Lo que es interesante, es usar la verdadera personalidad de los actores para alimentar a los personajes.

-¿Y para Mélanie?
-Tuve un verdadero flechazo para Melanie cuando la vi en la pelÃcula de Jolivet Le frère du guerrier. La encontré absolutamente notable porque tenÃa, a la vez, una verdadera modernidad de juego mientras que estábamos ambientados en una época muy antigua, y su cara era bastante clásica y pura. Lo encontré muy justo. Pensé en ella en seguida. Todo ocurrió de forma muy fácil. Leyó el guión cinematográfico, y se embaló. Además, estoy absolutamente encantado porque tiene el lado moderno de una chica joven de 25 años en 2005, al mismo tiempo que esa pequeña cara, un poco clásica, que toma muy bien la luz. Tiene astucia, curiosidad, no tiene su lengua en el bolsillo; pero al mismo tiempo, tiene esta pequeña cara angelical. Y esta dualidad también me sirve mucho.
-Estamos en un registro de comedia a la vez que de pelÃcula de época – aun si no hay un respeto escrupuloso del detalle histórico: ¿cómo tuvo ganas de componer esta mezcla no forzosamente evidente?
-Para mÃ, es una comedia romántica. Comedia, eso habla por sà solo: hay algunas cosas divertidas, un ritmo, una truculencia, y luego hay un romanticismo, pero un verdadero romanticismo, es decir, un romanticismo negro. El romanticismo era un poco como los primeros pasos del existencialismo. El mal del siglo era sentirse mal en tu propia piel, interrogarse la existencia. Los románticos fueron los primeros en plantearse esta cuestión. La pelÃcula está fundada sobre esta dualidad: comedia romántica. Efectivamente, la acción se desarrolla en 1830, es el telón de fondo, pero lo trato como si fuera un decorado moderno. No hago planos anchos para mostrar mis bellos decorados, ni para mostrar a mis extras. Aporto un cuidado a la descripción de la época, pero verdaderamente, es la historia que se nos cuenta lo que es importante. No hay que engañarse, las imágenes más bellas del mundo nos interesan 2 o 3 minutos, pero si no pasa nada, si no hay emoción, risas o lágrimas, nos las tomamos a broma. Como espectador me encanta pasearme en el tiempo, tener una verdadera desorientación.
A Gérard Jugnot lo conocemos por su papel de en Los Chicos del Coro. En Nunca Digas Nunca interpreta a Van Buck, el tÃo de ValentÃn obsesionado con el dinero y los negocios.
-¿Qué fue lo que te atrajo del proyecto?
-Me encantan las pelÃculas de época porque pienso que el retroceso en el tiempo nos permite ser más universales que si habláramos de hechos que se sitúan en el 2004 ó 2005, como es el caso de Los chicos del coro, Monsieur Batignole, etc… Nunca digas Nunca, para mÃ, es por un lado un personaje gracioso y patético al mismo tiempo. Es una especie de Arpagon, un comerciante que piensa que los sentimientos no existen. Por otro lado, es también una continuación lógica de mi trabajo con Eric. Ya he participado en dos obras de teatro que él dirigÃa. TenÃa pendiente este tema desde hace tiempo: una adaptación muy libre de Musset, con una lengua y, al mismo tiempo, con una modernidad que le interesa muchÃsimo.
Hacer una pelÃcula de época ha sido bastante excitante. Nos desplazamos a caballo o en carruaje, y los trajes, los extras… todo es muy agradable.
Pero al mismo tiempo, es necesario que todo esté vinculado a una fuerte historia y creo que esta comedia es muy moderna y muy “punchyâ€. No se trata de nada amanerado ni del: “¿Qué, encantadora Elisa?!?â€
-En el triángulo que formas junto a Mélanie y Jean, el personaje de Mélanie es interesante porque es impertinente e insolente. ¿Es el toque feminista de la pelÃcula?
-SÃ, es cierto. Es por ello que el personaje es moderno. Cécile tiene un lenguaje muy inteligente, astuto e irónico. Cécile lo es todo excepto una mujer débil, no es una pequeña remilgada. Creo que es ella quien dirige el baile. Valentin cree que, como consecuencia de una apuesta, es él quien decide todo pero, a partir del momento en que pone el dedo en el engranaje, es ella quien le va a dominar. De todas formas, hay que ser bastante inocente para pensar que el mundo está dirigido por los hombres. Desde el principio pensamos poseer a las mujeres, pero son ellas las que nos escogen. Creo que es una evidencia: los hombres quieren pero las mujeres eligen.
-Cuando no eres escenógrafo, ¿no sientes la tentación de ir a echar un ojo detrás de la cámara?
-No, en absoluto. Creo que mi oficio de escenógrafo me sirve para entregar más rápidamente lo que quiere el realizador y asÃ, facilitarle su trabajo. Comprendo con rapidez cómo va a rodar, cómo va a proceder la cámara. En un momento dado, intento ayudar a todos, y eso me divierte. De vez en cuando me gusta ver «el combo» para saber como se organiza todo en el cuadro. En este caso no se utiliza, pero se como me filma la cámara. Como resultado, sé que si muevo la cabeza hacia un lado u otro, se me verá o no. Para estas cosas es para lo que me sirve mi trabajo de escenógrafo. Le sacarÃa más provecho si Eric no supiese lo que hace. Entonces deberÃa hacer ‘conducción acompañada’, pero no es el caso en esta pelÃcula. Me permità sugerirle a Eric una o dos veces alguna cosita, pero como se lo podÃa comentar cuando soy yo el escenográfo. No creo haberme entrometido en su terreno, ni lo habrÃa soportado ni aceptado, y me parece correcto. Pero pienso que esto ocurrió asà simplemente porque esta confianza mutua se impone ante cualquier otra cosa.
